Archivos Mensuales: junio 2010

Lisette Model: “La madre” de Diane Arbus

Si Diane Arbus es sin duda una de las fotógrafas más populares y reconocidas del siglo XX, se lo debe en gran parte a su indudable genialidad y a Lisette Model. Aunque ahora no vamos a descubrir la carrera de Model, si vamos a detenernos en esa influencia tan patente a lo largo de los años, surgida a partir de su etapa como profesora, en la que tuvo como alumna a Arbus. Lisette Model, nacida en Viena en 1901, pertenecía a una familia judía de clase acomodada, al igual que la artista estadounidense. Fue en París, allá por los años 30, donde recaló después de que la ideología antisemita que se había instalado en su país natal, le hiciera abandonarlo, donde comenzó a interesarse verdaderamente por la fotografía, después de una vida un tanto disoluta cuyos intereses principales habría girado en torno a la música y el canto.

Desde ese momento, Model aprendió a vivir la fotografía como parte de su vida, y llevó al extremo, tal como le recomendó cuando daba sus primeros pasos Rogi André, fotógrafa y primera mujer de André Kerstész, aquello de que “nunca fotografíes algo que no te apasione”. En Arbus podemos encontrar muchos apuntes de esa Model más visceral, que buscaba el punto más distorsionante y distorsionado de la realidad. Por ejemplo, aquellos retratos de la serie “Promenade des Angles”, que realizó en Niza, allá por 1934, reflejando a esos indiferentes y acaudalados burgueses, que disfrutaban plácidamente de los encantos de la localidad turística francesa. Un trabajo primigenio dentro de su carrera artística, pero que ya marcaba unos puntos de interés que fue desarrollando a lo largo de los años. Una atracción por las personas diferentes, que se encontraban en los extremos de la sociedad o que se salían de la normalidad. Ricos, pobres, gente obesa… siempre buscando algo que se saliera de lo común, del marco establecido, con un punto también satírico. Y siempre fotografiándolos de una manera directa, sin concesiones, pero sin entablar contacto con el retratado, de manera furtiva.

Unas imágenes que, contemplándolas, nos llevan directamente a Arbus, a su manera de afrontar la fotografía tan directa y a los motivos que le interesaban. Es incuestionable la influencia. Pero, eso sí, también son evidentes algunas distancias. Arbus partió de esas concepciones, pero dio una vuelta de tuerca más. Recorrió las calles de Nueva York en busca de esas personas distintas, de esos “freaks” que representaban el reverso de una sociedad que intentaba ser perfecta, y donde no había cabida para esos “anormales”. Y no los reflejaba de manera furtiva, si no que antes de fotografiarlos con ese flash tan característico, entablaba una relación, una conversación, en muchos casos hasta una amistad, que le generaba un grado de complicidad y empatía evidente.

La relación entre Arbus y Model comenzó en 1957. En 1938 Model se instaló en Nueva York junto a su marido, y poco a poco se fue haciendo hueco dentro de la escena artística de la gran manzana. Empezó a publicar en la revista Harper’s Bazaar y el Museo de Arte Moderno de Nueva York compró dos de sus fotografías. Pero su forma de ver la fotografía, con esos encuadres tan radicales y directos, le cerró las puertas de otras publicaciones, y después de unos años, la propia Harper`s Bazaar le fue realizando menos encargos, lo que provocó que la situación económica de Model se deteriorara gravemente. Gracias al gran fotógrafo Ansel Adams, se fue introduciendo poco a poco en la enseñanza, hasta que en 1951 comenzó a trabajar en la New School for Social Research de Nueva York. Allí llegó Diane Arbus en 1957, que hasta ese momento había dedicado su interés fotográfico fundamentalmente a la moda. El contacto con Model, el ver sus trabajos y conocer la forma de vivir la fotografía que tenía ella, cambió radicalmente la concepción de Arbus. La famosa frase que les repetía a sus alumnos, “fotografía con las tripas”, caló muy hondo en una Arbus que hasta ese momento, fruto de una familia de clase alta a la que pertenecía, había estado más cerca del mundo de las apariencias, donde lo no bello estaba excluido. Desde ese momento, se encontró con un camino que seguir, de la mano de Model, y pronto encontró a los actores que formarían parte de ese camino hasta el final de sus días.

De papel y tinta: Los americanos

A pesar del cada vez más digitalizado escaparate del mundo de la imagen, el libro fotográfico de papel está viviendo en los últimos años un verdadero y extraño auge en todo el mundo, proliferando las ferias, las editoriales y las herramientas disponibles para que el “háztelo tu mismo” sea pieza fundamental en este renacer.

Desde este espacio, y cada cierto tiempo, iremos conociendo alguno de los libros esenciales en la historia de la fotografía. El formato del libro ha estado desde siempre muy unido a la fotografía, siendo en muchos casos una manera perfecta para mostrar un proyecto de manera secuencial y narrativa, y en otros se presenta como el medio tradicional de representación visual al que estamos educados y del que es difícil prescindir.

Hoy empezaré por uno de esos valores seguros, imperecederos, que aún hoy consiguen impresionarnos con la calidad de las imágenes que guarda en su interior. Se trata de “The americans” (1958), el libro fotográfico de Robert Frank, fruto de un viaje por Estados Unidos que duró dos años, gracias a una beca que recibió de la Fundación Guggenheim. Durante todo ese tiempo, realizó 28.000 fotografías con su Leica, de las que posteriormente aparecerían en el libro 83.

Una vez finalizado su viaje, en 1957, el fotógrafo suizo conoció en Nueva York al escritor de la generación beat Jack Kerouac, que al visionar algunas de las imágenes, y ante la presencia de unas instantáneas que de alguna manera trasladaban la forma de pensar de toda una generación inconformista de escritores e intelectuales, decidió realizar el prólogo del libro.

Pero esas fotografías no captaban el lado amable de los Estados Unidos. Mostraban el desencanto de un país, que, tras ese boato exterior tan pomposo y magnético, escondía una sociedad donde los problemas raciales, los conflictos sociales, y la desesperación y la violencia de los sueños frustrados, eran latentes a poco que empezaras a escarbar. Debido a este motivo, el libro fue publicado primeramente en París, en 1958, no apareciendo en Estados Unidos hasta un año después, siendo acogido con críticas tanto por su contenido estético como ético, ya que presentaba, según los medios de la época, una imagen distorsionada del país. A pesar de ello, y en parte gracias al prólogo de Jack Kerouac, el libro comenzó a popularizarse hasta el punto de que, con el paso de los años, muchos hablan de estas imágenes como un antes y un después en la historia de la fotografía.

Y es que Robert Frank rompió muchas convenciones fotográficas a la hora de realizar este trabajo. Llevó el arte de Walker Evans y Cartier-Bresson al límite, rompiendo los encuadres clásicos hasta ese momento, realizando unas imágenes llenas de movimiento y dinamismo. Son imágenes plenas de libertad, donde las ataduras de la composición, de las líneas rectas, la iluminación perfecta, y la ausencia de ruido, se rompen por completo, dando una vuelta de tuerca a lo que había sido hasta la fecha la correcta manera de materializar una fotografía. El ritmo y la intuición pasan a ser parte trascendente de la realización fotográfica, sin perder el paso de una cabeza privilegiada, que sabía esperar a captar el momento decisivo.

La influencia de estas imágenes perviven hoy en día, y la senda abierta por Robert Frank sirvió para quitar los corsés que estrechaban las miras del arte fotográfico hasta ese momento, llegando con ese espíritu liberador a expandir su campo de acción a lugares más creativos, reservados hasta este momento a otro tipo de expresiones artísticas.

Ésta fue la gran obra de Robert Frank, que, emigrado a Estados Unidos desde su Suiza natal en 1947, comenzó a trabajar en revistas de moda como Harper’s Bazaar. Después de realizar “The americans”, comenzó a intercalar su trabajo como fotógrafo con el cine, donde sus resultados fueron irregulares, teniendo como más polémico éxito, la realización del documental sobre los Rolling Stones, “Cocksucker blues”, que debido a la imagen que proyectaba de la banda británica en relación a las drogas y otros excesos, y después de una demanda de los propios músicos, pasó a exhibirse en salas cinematográficas baja muy limitadas condiciones: Cinco veces al año, y siempre con la presencia de Frank.

El instante decisivamente preparado

Sí, hay artistas que han seguido las enseñanzas de Henri Cartier-Bresson, pero a su manera. Aunque el fotógrafo francés siempre renegara de ese “instante decisivo” que le acompañó toda su vida, hay que reconocer que ese don de saber captar un momento donde algo especial ocurre, es precisamente una de las características más importantes de la fotografía. La cámara es capaz de aislar y engrandecer el tiempo y el espacio que queda alojado entre las cuatro paredes de su interior. Eso sí, si quien se la coloca sobre el cuello es un verdadero genio como Cartier-Bresson, las posibilidades se convierten en casi infinitas, como infinitos son los momentos decisivos, más o menos nimios, sobre los que giran la existencia humana. Un momento que queda congelado, detenido, y al que el espectador debe dar sentido.

Y existen fotógrafos que a diferencia del momento decisivo espontáneo de Cartier-Bresson, han creado ese momento de manera preparada, calculada y en algunos casos concienzudamente conceptualizada. Dos de ellos son Gregory Crewdson y Jeff Wall. Dos fotógrafos técnica y estéticamente muy diferentes, pero que comparten esa misma forma de afrontar el arte visual.

De Gregory Crewdson, es fácil reconocer sus fotografías con un acabado perfecto, fruto de una intensa planificación y un gran equipo de producción. Sus imágenes se presentan con la sensación de ser un fotograma aislado de una película, donde todo es preciso, estudiado, y con una iluminación impoluta. Pero, tras esa fachaza estéticamente bella, encontramos soledad, angustias, miedos, en unos protagonistas que se muestran aislados de su entorno, formando parte de una sociedad moderna cada vez más interconectada y abierta, pero con los mismos vacíos que han acechado al ser humano desde siempre. En ese sentido, Crewdson sigue la estela de otros grandes artistas norteamericanos, encargados de mostrarnos la otra cara del sueño americano, en la más honda tradición autoflagelativa de la que se han mostrado muy capaces en Estados Unidos.

Visualmente, las fotografías enlazan con muchas de las pinturas de Edward Hopper, un gran cronista de la sociedad de su tiempo 80 años atrás, con el que comparte una enorme similitud en los ambientes, los protagonistas y el gusto por las luces escogidas y selectivas. Y, al igual que esos cuadros “tan fotográficos” de Hopper, Crewdson aísla un momento concreto, fijo, dejando la interpretación abierta al espectador, que debe participar en su lectura, elaborando un antes y un después que la imagen estática no es capaz de mostrarnos.

Y cruzando la frontera de Estados Unidos, nos vamos a Canadá, donde reside Jeff Wall, abanderado de la fotografía más conceptual. Al igual que Crewdson, sus fotografías están perfectamente estudiadas y planificadas, pero la estética es diferente. La escenografía visual y la iluminación no se inspira tanto en el cine como en la fotografía más casual, aunque en muchos de sus trabajos recurre de igual manera a la posproducción digital. Nada es dejado al azar, y todo en las imágenes de Wall son piezas colocadas y ensambladas que se funden para proporcionar al espectador las herramientas imprescindibles para su perfecto entendimiento. No se puede decir que comprender estas piezas sea en ocasiones sencillo, ya que tras ellas hay un trasfondo social, histórico y político, que es necesario conocer para desentrañarlas correctamente.

Presentadas sus imágenes en grandes cajas de transparencias retroalimentadas, Wall recoge el testigo de grandes pintores del siglo XIX, como Delacroix y Manet, entre otros, de los que recrea alguna de sus obras, y en otras encontramos puntos de unión. Recoge una tradición simbólica e iconográfica de la historia del arte, adaptándola a los problemas y contradicciones de la sociedad actual. Por ejemplo, en su obra “Mimic”, recrea un conflicto racial del que fue testigo en las calles de Vancouver. Para ello, inspirado por la fotografía de calle de Garry Winogrand o Robert Frank, utiliza unos actores no profesionales, situados en un escenario real, a los que retrata de una manera estética casual y espontánea. El hombres de origen asiático, que por su forma de vestir parece pertenecer a una clase superior a los otros dos protagonistas de la escena, recibe un gesto racista por parte del hombre blanco, que es captado en ese preciso instante.

En “Picture for a woman”, inspirado en la pintura de Edouard Monet, “El bar en Follies-Bergère”, unas figuras se reflejan en un espejo, la modelo y el propio Jeff Wall. En el centro, en el punto de fuga de la imagen, podemos ver la cámara, que es accionada por el artista mediante un cable disparador. Los otros elementos situados en la escena, como las bombillas, otorgan a la imagen una enorme profundidad de campo y sensación espacial. La relación de poder tradicional en el arte, en el que la mirada masculina se posa sobre el cuerpo femenino, en este caso se ve alterado por la mirada de la mujer, que se dirige hacia el espectador y hacia Wall, mientras permanece de espaldas al artista.

La fotografía entiende de modas

Sí, no están de moda. Aquellos fotógrafos franceses que a muchos consiguieron enamorarnos de la fotografía cuando dábamos nuestros primeros pasos, han pasado, seguramente que no de forma definitiva, al ostracismo de los círculos artísticos más puristas. Brassai, Robert Doisneau y Willy Ronis, representantes máximos de una fotografía humanista y costumbrista, que buscaban cámara en mano escenas perfectas, puras, donde el gozo o el encanto de la vida de la gran urbe parisina no se viera enturbiado por nada transgresor ni grotesco. Escenas pintorescas, curiosas, donde cualquier contexto político o social era relegado en beneficio de unas fotografías estéticamente atractivas, pero para muchos demasiado conservadoras y huecas. Nadie les reconoce como influencia, pasan de puntillas por las grandes ferias de arte, y su mayor gloria la encuentran en las tiendas de souvenirs de la capital francesa en forma de postales y carteles.

Pero, ¿sería justo que no recordáramos a Robert Doisneau?. El autor del célebre, manido y escenificado beso, pero también de imágenes, poco conocidas, que nos acercan a un mundo más oscuro del París de la época, donde habitaban obreros, prostitutas o borrachos. Creo que no es justo. Precisamente este año, en una exposición en la Fundación Cartier-Bresson de París, se ha intentando recuperar a ese Doisneau más desconocido y oculto. Y aunque inevitablemente su planteamiento formal y nuclear ande alejado de las tendencias más actuales, su obra forma parte de la iconografía fotográfica más imperecedera, por mucho que les pese a los más ejemplarizantes críticos del sector. ¿Resistirán las imágenes que dominan hoy el mercado los más de 50 años que tienen ya esas grandes piezas de Doisneau?. Pues, posiblemente, no, aunque nos cueste reconocerlo.



Igualmente, aunque sus fotografías siempre han encontrado muchas lecturas, Brassai ha sido catalogado también dentro de ese grupo de fotógrafos más interesado en captar el Paris anecdótico y popular. Pero repasando su prolífica carrera, nos damos cuenta de la complejidad y amplitud de la misma, ya que, junto a sus famosas imágenes nocturnas, que tanto apreciaron los surrealistas, encontramos las numerosísimas fotografías de graffitis que realizó a lo largo de su carrera, por los que sentía una especial atracción, los poco conocidos retratos que realizó de grandes artistas de la época, como Alberto Giacometti, Samuel Beckett o Henry Miller, y sus acercamientos a otras artes, como la escultura, el dibujo y el cine. Este fotógrafo de origen rumano es uno de esos artistas capaces de abarcar campos muy distintos y poner un sello de calidad a todo lo que plasman.



El último de esta terna de “fotógrafos parisinos” es Willy Ronis. Perteneció a la agencia Rapho, al igual que Brassai y Doisneau, y fue el primer fotógrafo francés que trabajó para la revista Life. Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzó a fijar su objetivo en lo más cotidiano de la vida de una ciudad, buscando imágenes emocionales, bellas, tiernas, simpáticas, de una ciudad que empezaba a renacer después de los duros años de conflicto bélico. Tan apegado estaba a este tipo de fotografía humanista, que cuando los gustos cambiaron y las publicaciones y agencias empezaron a interesarse por una fotografía más impactante y personal, Ronis prefirió centrar su carrera en la fotografía comercial y de desnudo, y en la labor docente. De una extensa trayectoria, ya que estuvo realizando fotografías hasta los 90 años, revisando ese legado de imágenes que le hicieron famoso, podemos ver sin duda una calidad indudable, fundamentada en la sinceridad, el lirismo y el ritmo. Incluso, las fotografías de desnudo que le hizo a su mujer en la región de la Provenza, y los retratos de trabajadores y del movimiento obrero rezuman un aire eterno y testimonial.

Visto lo visto, sólo queda añadir, ¿quién entiende las modas?.

Vivan los (algunos) premiados

Cuando se habla de los concursos  y premios fotográficos, parece que siempre hay un cierto halo de desacreditación, fundamentado en la subjetividad evidente de valorar unos trabajos en muchas ocasiones tremendamente diversos. Sin haberme visto nunca en la tesitura de formar parte de un jurado, y reconociendo que yo también he criticado numerosos fallos de grandes galardones, en ocasiones, hay que decir que nos descubren a fotógrafos verdaderamente excepcionales, y que de otra forma tal vez hubiera sido complicado llegar a conocer. Además, todo hay que decirlo, en los tiempos que corren, los premios suponen un espaldarazo económico y publicitario enorme para desarrollar una carrera.

Hoy vamos a hablar de dos de ellos. El primero es Alexander Gronsky, Premio Linhof Young Photographer 2009 (y recientemente el Premio Paul Huf 2010 de la revista FOAM). Este fotógrafo estonio, que reside en Moscú, nos  remite con sus imágenes a esos áridos, duros y fríos parajes que dan forma a aquellas tierras, utilizando una técnica distante, que deja en el espectador un cierto regusto de misterio y atracción por las escenas que presencia. Tal vez sus fotografías no sean estética ni temáticamente originales, en el sentido de que siguen una tendencia fotográfica actual de plasmar esos lugares donde la mano del hombre se mezcla con la naturaleza, en una relación de difícil coexistencia, pero nos sirven para descubrir unos lugares remotos para nosotros, y que tienen ese aura del encanto de lo desconocido, de lo extraño y mágico. Todo ello realizado con un gusto impecable.

En la serie “The Edge” explora la periferia de Moscú, en unos límites que se extienden a medio camino entre la ciudad y la naturaleza. Un lugar fronterizo entre espacios que intentan convivir de la manera más amable posible, y donde los seres humanos buscan territorios donde poder escapar a esa existencia menos natural de los entes urbanos. En “Less than 1” Gronsky realiza una serie de fotografías en regiones donde la densidad de población es menos de una persona por kilómetro cuadrado. Si, espacios inhóspitos, pero donde aún es posible encontrar la huella humana, por mínima que sea. Y por muy duros que sean esos paisajes ásperos, este joven fotógrafo estonio siempre consigue sacar, como hacen los grandes creadores visuales, un instante lírico, una imagen que te hace detenerte, observar, y reflexionar sobre lo que aparece, sobre lo que no aparece, y sobre todo aquello que contiene la fotografía y el lugar reflejado.



Al que tampoco vamos a descubrir ahora es a Yann Gross. Acaba de ser uno de los premiados en el apartado de fotografía del Festival de Hyères, con su serie “Kitintale”, sobre unos peculiares skaters de Uganda. Pero, anteriormente, ya ganó el Premio Descubrimientos 2008 de Photoespaña, entre otros numerosos galardones. En este último trabajo realizado en pleno corazón de África, el fotógrafo suizo nos muestra una de esas curiosas realidades ocultas que tan famoso le han hecho. Si en “Horizonville” nos enseñaba un curioso valle suizo donde muchos de sus habitantes siguen un estilo de vida puramente americano, ahora se ha centrado en la vida de unos amantes del monopatín muy alejados de esas urbes occidentales donde siempre parece estar asociado este deporte, que para algunos es casi una forma de vida. Estos skaters se mueven en calles de tierra y pistas un tanto destartaladas, pero muestran orgullosos un señas de identidad comunes, donde encuentran la felicidad en un país completamente devastado por las guerras.

A este lugar, llamado Kampala, llegó Gross de la mano de su novia, que se había marchado a trabajar a esa zona de África con una ONG. Practicante del skate al igual que el fotógrafo suizo, se dedicó a buscar una pista donde poder practicar, hasta que encontró una mini rampa donde una serie de skaters ugandeses se reunían para dar rienda suelta a su pasión. Se lo contó a Yann Gross, y éste comenzó a moverse para  conseguir material para estos skaters, implicándose tanto que acabó organizando el primer concurso de skate en Uganda. Y luego, como él cuenta, a las pocas semanas de regresar a Europa, se dio cuenta que no había tomado ninguna fotografía. Y visto el resultado, fueron unas semanas muy bien aprovechadas. Un extraordinario trabajo que nos muestra otra realidad del continente africano, una historia esperanzadora de un grupo de jóvenes que comparten un sueño, y que gracias a él forman una comunidad unida por un proyecto común.

El encanto de lo privado

Fijarse en lo cercano, en lo más íntimo y privado, y elaborar un proyecto que en algunos casos sea una obra completa que practicamente abarque toda una vida. Aunque ahora no nos extrañe ver a numerosos fotógrafos retratando su cotidianidad y su círculo más privado, dentro de una temática que no alcanza el género, pero que es un camino muy extendido, fueron una serie de artistas los que iniciaron esta tendencia muchas años atrás.

Uno de los primeros, y que sin duda ha sido una gran influencia en generaciones posteriores, fue el norteamericano Larry Clark, que allá por los finales de los años 60 y principios de los 70, en plena post-adolescencia, comenzó a retratar a su grupo de amigos, que estaban inmersos en una etapa de experimentación a todos los niveles, en unos años en los que Estados Unidos sufrió una auténtica revolución cultural. De una manera casual fue retratando sus experiencias con las drogas, con el sexo, en un conjunto de imágenes que poco a poco fueron cogiendo cuerpo, hasta el punto de materializarse en un libro, “Tulsa”, titulado como la ciudad donde vivían estos jóvenes, y que marcó el comienzo de la prometedora y polémica carrera del autor, que tanto en fotografía como en cine, ha gustado siempre de retratar sin ningún pudor las andanzas de los sectores más jóvenes de la sociedad, sumergidos sin duda en la etapa más libre del recorrido vital, para lo bueno y para lo malo.

Si alguien se puede decir que cogió el testigo de Larry Clark, para llevarlo mucho más allá de los límites de la juventud, es Nan Goldin, unas de las grandes voces fotográficas de los últimos lustros. Y es que las enseñanzas de un profesor de la Escuela del Museo de Bellas Artes de Boston, donde Goldin comenzaba a dar los primeros pasos como artista, que le mostró la obra de Clark, sirvieron para que se replanteara una visión artística que hasta ese momento había buscado su inspiración en la fotografía más vanal de la moda. Goldin descubrió unas imágenes cuyo valor estético, trascendían la mera técnica, para dirigirse hacia espacios más transgresores, donde el fotógrafo formaba parte del mundo que registraba, y el espectador se sentía atraído por una fotografía que le hacía partícipe de lo más íntimo de la experiencia humana. Así, comenzó a finales de los 70 a fotografiar al círculo de amistades que frecuentaba, en su mayoría artistas bohemios, con los que coincidía en Provincetown, una zona de vacaciones próxima a Nueva York. Estos jóvenes se fueron convirtiendo en los protagonistas de sus imágenes, hasta el punto que a través de ellas podemos ver el transcurrir del tiempo, los buenos y malos momentos, y los duros golpes que la enfermedad del SIDA asestó en aquellos años, especialmente en la comunidad homosexual a la que pertenecían parte de aquellos protagonistas. La obra “La balada de la dependencia sexual”, que originariamente fue presentada como una sucesión de imágenes diapositivas, fue el primer legado de aquellos años. A esta, le sucedieron otras series como “La balada desde la morgue”, que seguían esa misma estela, pero con un título que simbolizada como esos años de excesos irreverentes, habían dejado la vida de Goldin vacía de muchas de aquellas existencias tan libres y plenas. Ella misma sufrió duros momentos de alcoholismo y drogas, que no sin dificultades consiguió superar, en muchos casos, tal como recuerda, ayudada por la fotografía.

Larry Clark y Nan Goldin, dos artistas que han convertido lo privado en su obra de arte.

Primera oda

Por algún lado he de empezar, aunque esto de asomarse a Internet es como mirar desde el filo de un precipicio que no sabes dónde te va a conducir. La fotografía es lo que me mueve a empezar un espacio en este pequeño rincón. La fotografía entendida como creación visual, artística, o como forma de expresión en sus más diferentes y diversas formas. Todo observado desde mi punto de vista. Una visión no objetiva, que beberá de mis aciertos y desaciertos como fotógrafo y profesor.

Lo que pueda aportar no sé si será importante, pero será producto de una pasión ilimitada por un medio tan inabarcable como es la fotografía. También pretendo aprender desde esta tribuna, ya que el aprendizaje en este y en otros campos se profundiza a medida que indagas, que miras, que escribes, que lees, que piensas, que sientes… Aquí vais a encontrar historias, ideas, conceptos, mensajes, curiosidades, y muchas, muchas fotografías.