Archivos Mensuales: febrero 2013

Una fotografía: A Sudden Gust of Wind (after Hokusai), de Jeff Wall

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El artista canadiense Jeff Wall (1946) está considerado uno de los fotógrafos contemporáneos más importantes. Sus obras han contribuido a asentar el estatus artístico de la fotografía, trascendiendo los límites de la imagen con un sólido trabajo conceptual, que le ha ganado el respeto de todas las instituciones del mundo cultural. El trabajo de Wall tiene fuertes raíces artísticas, que se mira en la obras de grandes pintores como Velázquez y Manet, y que utiliza referentes también de la literatura y el arte japonés. Precisamente en Japón buscó la inspiración para una de sus obras más conocidas, “A Sudden Gust of Wind (after Hokusai)” (1993). Está basada en “Yejiri Station, Province of Suruga”, una xilografía de 1832 firmada por Katsushika Hokusai.

Como muchos de sus trabajos, “A Sudden Gust of Wind” es una fotografía “construida”, en este caso mediante la unión de más de 100 fotografías que fueron realizadas durante un año por Jeff Wall, hasta conseguir la imagen final. Un resultado en el que, como en gran parte de sus creaciones, emerge lo que parece ser un “momento decisivo” congelado en el tiempo, pero que al final es una obra con múltiples capas de construcción e interpretación. En este caso, el paisaje japonés con el monte Fuji al fondo ha sido sustituido por un páramo canadiense, cercano a Vancouver, donde reside, y en el cual aparecen postes de telégrafo, edificios al fondo, agricultores, y un paisaje en general nada evocador. Una visión poco romántica, desconcertante, acentuada por los personajes que contemplamos en el encuadre, y lo que ocurre dentro, que poco encaja dentro del escenario en el que transcurre.

Y ese “repentino viento” que aparece, acrecentando la confusión, jugando con lo real y lo irreal, y la capacidad del creador para reflejar situaciones ambivalentes, que no se sabe si existieron o si son fruto de su imaginación. Algo realzado en este caso por el uso de la fotografía como elemento transmisor de arte, siempre luchando con lo real y contra lo real, con su persistente objetividad y los frutos que su subjetividad nos puede ofrecer. Un tableau de gestos, en algún caso exagerado, que evoca las pinturas históricas, y que Wall, como en gran parte de sus trabajos, expone con la técnica de la caja de luz, iluminada por detrás, y con un gran formato.

Abajo podemos ver la xilografía que lo inspira y un boceto del trabajo realizado por el artista canadiense.

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Study for 'A Sudden Gust of Wind (After Hokusai)' 1993 by Jeff Wall born 1946

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Siglo XIX: Los años de esplendor del estudio del fotógrafo

El estudio fotográfico vivió su edad de oro durante el siglo XIX. En aquellos primeros años desde la invención de la fotografía, el estudio se convirtió en la casi única salida que encontraron los primeros pioneros en el oficio de fotógrafo. Ni la publicidad, ni el fotoperiodismo, hasta bien entrado el siglo XX, fueron un campo económico de los que poder vivir.

A partir de 1840, los establecimientos dedicados fundamentalmente al retrato, utilizando la técnica del daguerrotipo en un primer momento, fueron proliferando en una incesante carrera industrial. En poco más de veinte años, Londres llegó a contar con casi 300 estudios fotográficos, París más de 400 y sólamente en Broadway Street de Nueva York, se acumulaban un centenar de locales dedicados a la fotografía. Eso sí, su esplendor no resistió la llegada del siglo XX y la aparición de las cámaras de fácil uso que empezó a fabricar Kodak a partir de 1888, y muchos de ellos no sobrevivieron a la “primera crisis” de la profesión de fotógrafo.

Entre esa enorme cantidad de estudios, han quedado para la historia un pequeño número de ellos, que destacaron por su originalidad, por su calidad o por su relevancia social. En París, los del gran Félix Nadar, Gustave Le Gray, Mayer y Pierson, o Adolphe Disdéri; en Nueva York, Matthew Brady, Napoleon Sarony, Charles Frederick y el de Jeremiah Gurney; en la ciudad de Boston, el de los grandes retratistas, Southworth y Hawes; en Londres, el estudio de Elliot y Fry, y el de John Mayall. Entre otros, éstos fueron algunos de los nombres que han quedado para la memoria de la fotografía en aquellos vertiginosos años. Éxito que no fue óbice para que muchos de ellos acabaran arruinados y en la miseria, como en el caso de Disdéri, creador de la célebre “tarjeta de visita” en 1854, una técnica y formato que hicieron accesible el retrato a las clases populares.

Estos grandes templos de la fotografía eran espectaculares. Situados en las más importantes calles de las ciudades, ocupaban varias plantas, con fachadas llamativas y unos interiores que rivalizaban en elegancia y, también, en muchos casos, en excesos. No faltaban los decorados de todo tipo para utilizarlos como fondo. Varias decenas de empleados se dedicaban a las diferentes labores del estudio. Y, en alguno de los casos, ni siquiera era el fotógrafo titular del estudio quien se encargaba de realizar las fotografías, salvo en casos de retratos de renombre, si no que era alguno de los ayudantes el que hacía esa labor.

Alguna de las imágenes que he encontrado dejan constancia de la importancia que cobraron los principales estudios de las grandes capitales.

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Fachada del estudio fotográfico de Charles Frederick, situado en Broadway Street (Nueva York)

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Fachada del estudio fotográfico de Félix Nadar, situado en Boulevard des Capucines (París)

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Fachada del estudio fotográfico de Jeremiah Gurney, situado en Broadway Street (Nueva York)

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Interior del estudio de Matthew Brady, situado en Broadway Street (Nueva York)

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Interior del estudio de Napoleon Sarony, situado en Broadway Street (Nueva York)

La frase fotográfica de los martes, por Elliott Erwitt

“Lo bueno de hacer fotografías es que así no tengo que explicar las cosas con palabras”.

Elliott Erwitt.

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© Elliott Erwitt

Extrañados: Cindy Sherman para M.A.C

Sí, a muchos les extrañó la colaboración de Cindy Sherman con la marca de cosméticos M.A.C hace un par de años, aunque no era la primera vez que su nombre se asociaba al mundo de la publicidad. Pero, ciertamente, ¿qué creador ha utilizado más el maquillaje a lo largo de su carrera?. Desde el comienzo de su andadura artística, el maquillaje ha formado parte de sus “performances” visuales, donde Cindy Sherman iba adoptando diferentes roles femeninos. En el trabajo para M.A.C, se transformó en un payaso, en lo que parece ser una ingenua adolescente y una “femme fatale”. Una apuesta arriesgada tanto de M.A.C como de Cindy Sherman, pero que la artista estadounidense resuelve siendo fiel a sí misma, sirviéndose de la paleta de colores de M.A.C para crear unas intensas y llamativas imágenes.

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Nuevas Miradas: Hye-Ryoung Min

¿Quién no a mirado a través de la ventana para ver qué es lo que pasaba en la calle o hacían sus vecinos? ¿Quién no ha emulado al protagonista de “La Ventana Indiscreta” en alguna ocasión? ¿Y cuántas veces no habremos sido nosotros objeto de miradas ocultas? Hye-Ryoung Min ha mirado por las ventanas de su casa, y para ello ha utilizado una cámara fotográfica, sin duda el aparato voyeur por excelencia. Colocando elementos de la ventana o el edificio dentro del encuadre recalca la acción de vigilancia que desarrolla, y nos hace partícipes del hecho, apoyándose en esa familiaridad que todos de una u otra manera tenemos con el acto de mirar u observar desde el interior de una vivienda.

“Channel 247”, que así se llama el proyecto, es sin duda el trabajo más interesante y original de esta fotógrafa surcoreana, residente en Nueva York.

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Todas las fotografías © Hye-Ryoung Min

Una fotografía: Autorretrato, de Katharina Eleonore Behrend

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Cuando vi este autorretrato de Katharina Eleonore Behrend (1888-1973) desnuda, rápidamente vinieron a mi cabeza las imágenes de Francesca Woodman, en las que juega también con su cuerpo, pero tal vez de una manera más esquiva y metafórica. Aquí Katharina se nos muestra orgullosa, altiva, autoafirmándose como mujer y como artista, en una época todavía nada fácil para quienes mostraban su invidualismo de esta manera. Y es que esta fotografía está realizada en 1908, casi setenta años antes de que Woodman comenzara a experimentar con la imagen y su cuerpo.

Katharina Eleonore Behrend utilizó la fotografía como diario fotográfico, y sus imágenes comprenden numerosas instantáneas de momentos de ocio, viajes y retratos, en lo que parece ser la vida de una mujer con carácter, pero que no dejaba de ser la esposa de un industrial, con todas las limitaciones propias de la época. A pesar de ello, se trataba de una personalidad moderna, de la que da fe la imagen que nos sirve para ilustrar esta entrada del blog, y el hecho de pertenecer a una sociedad nudista alemana, a alguno de cuyos socios también fotografió desnudo.

Se trata de una de las primeras fotografías donde el cuerpo de una mujer es visto por los ojos de una mujer, algo que todavía resulta extraño cuando hacemos un repaso a los artistas contemporáneos que han tratado el desnudo femenino. Lo que dota a esta imagen todavía de una mayor fuerza, y a esta fotógrafa holandesa de un valor que trasciende el hecho artístico, para convertirse en un símbolo de una “nueva mujer” que emergía a comienzos del siglo XX, y que buscaba hacerse un espacio dentro de todos los estamentos sociales, económicos y culturales. Y, viendo cómo transcurrió el siglo pasado, no podemos decir que esa lucha haya quedado plenamente superada; de la misma manera que en el mundo del arte, por mucho que una necesaria modernidad se presuponga a algo que debería ser ejemplo de libertad e igualdad.

Curiosamente, en esa misma época, dos años antes, en 1906, otra gran artista de la fotografía, con una carrera más extensa y conocida, como Imogen Cunninghan, se autorretrataba también desnuda. Pero, en este caso, de una manera más recatada, propio de una personalidad más estética, que también fue un ejemplo de superación de condicionantes sociales, pero que no trasciende en esta imagen de una manera tan firme y sincera, casi desafiante, como en el caso de Katharina Eleonore Behrend.

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© Imogen Cunninghan

Una familia en manos de Diane Arbus

Desde luego que hay que ser muy atrevido para pedir a Diane Arbus, la célebre fotógrafa neoyorkina, que retrate a tu familia conociendo su forma tan poco empática de inmortalizar a los seres humanos. Conocida por sus personajes “freaks”, pero también por encontrar la “anormalidad” dentro del hombre cotidiano, en parte gracias a su estilo directo y al flash que utilizaba, Arbus recibió en 1969 un encargo muy especial. El adinerado matrimonio formado por Gay y Konrad Matthaei, solicitó sus servicios para fotografiar a su familia durante dos días, en su casa situada en el Upper East Side de Nueva York. Productor teatral, y dueño del Alvin Theater, Konrad Matthaei se había convertido en un personaje conocido dentro de la clase alta de la “gran manzana”. Gracias a ello, su familia vivía en una zona exclusiva de Nueva York, y de las  paredes de su casa colgaban cuadros de Monet y Renoir.

diane-arbus-family-Matthaei-1969Amantes del arte, para dejar constancia visual de su ascenso, contrataron los servicios de Diane Arbus, una de las fotógrafas más conocidas del momento, debido en parte a la exposición titulada “New Documents”, organizada en 1967 por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y en la que Arbus había compartido cartel con Garry Winogrand y Lee Friedlander. El resultado de la sesión se plasmó en 322 imágenes, que van desde los retratos individuales y fotografías de grupo posadas, a instantáneas espontáneas de momentos familiares.

La sesión se desarrolló los días 28 y 29 de Diciembre de 1969, dedicando cada día entre cuatro y cinco horas a realizar las fotografías. Un trabajo donde Diane Arbus contó con plena libertad creativa por parte de los Matthaei, dipuestos a entregarse al arte de la artista judía. La fotografía más conocida del encargo es el retrato realizado a una de las hijas del matrimonio, Marcella Matthaei, una adolescente que se nos muestra con un gesto desconcertante, y una mirada que parece intentar mostrarse ausente, seguramente porque la joven no participaba tan entregada como sus padres en todo este “espectáculo”. Aquí podríamos recordar la frase de Arbus, “una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes”. Y aquí, como en muchos de los trabajos de Arbus, encontramos secretos a los que no podemos responder, en un diálogo siempre apasionante, pero siempre inconcluso.

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© Diane Arbus

La frase fotográfica de los martes, por Diane Arbus

“Para mí, el sujeto de la fotografía es siempre más importante que la fotografía”.

Diane Arbus.

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© Diane Arbus

World Press Photo 2012: Una nueva polémica

El fotoperiodismo ha abierto el año con una nueva polémica, tras conocerse las fotografías ganadoras de los World Press Photo 2012. Y es que la imagen que ha sido seleccionada como fotografía del año, realizada por el fotógrafo sueco Paul Hansen en Palestina, durante el entierro en Gaza de las víctimas de un bombardeo israelí, ha sido criticada por lo que muchos consideran un exceso de “retoque” para tratarse de una instantánea fotoperiodística.

Y resulta evidente que la imagen ha sido editada por zonas, contrastada y desaturada hasta un extremo que personalmente no me termina de convencer, aunque está bastante de moda dentro de fotografía periodística. Pero estamos de nuevo volviendo sobre un tema recurrente y que ya tratamos de alguna manera en un artículo previo, que puede consultarse aquí. Y es que, ¿quién marca los límites?, sabiendo que, al igual que se hacía en la fotografía analógica, todas las fotografías que vemos en la prensa están de una u otra manera editadas.

Lo único que en esta ocasión sí es verdad que la imagen de Paul Hansen ha traspasado unas fronteras que hasta para el más neófito aficionado a la fotografía resultan chocantes. Un acabado “casi pictórico” impregna la imagen de una bella estampa, pero con una artificiosidad que cuando lo que se muestran son los cadáveres de dos niños palestinos, uno duda de que esa esteticidad nos envuelva en un velo que nos impida ver la tragedia de fondo.

¿Es necesario este tratamiento de la imagen para mostrarnos una noticia de este tipo?. Seguramente no, aunque aquí ya entraríamos en cuestiones de índole personal, profesional, de los medios, que tendrían que ser analizadas en profundidad. Es obvio que esta imagen ha conseguido superar las reticencias de algunos de los personajes más influyentes del sector, como lo demuestra el premio concedido por un importante jurado, pero habría que ver hasta qué punto estos premios representan el sentir mayoritario de la profesión, o representan unos intereses mediáticos que abogan por la imagen embellecida como producto de consumo, que pueda competir de tú a tú con cualquier otro tipo de imágenes, ya sea de las que cuelgan de una galería, o de las que ilustran las revistas de celebridades.

En todo caso, tampoco hay que dar pie para que ciertos puristas, poco conocedores realmente de la historia de la fotografía, vuelvan a invocar a los diablos, mencionando la imagen digital y la poca credibilidad que tiene, dada la facilidad con que podemos alterar los píxeles que la forman. No hay nada más que detenerse en las fotografías del histórico W. Eugene Smith, y visualizar las diversas “manipulaciones” que realizaba en el laboratorio con el objetivo de conseguir una imagen mejor terminada y más bella y atractiva. ¿Habría que condenar a uno de los fotógrafos más comprometidos y éticamente intachables, como W. Eugene Smith, por ello?. Seguramente nadie se lo plantee, en parte por provenir del mundo argéntico, donde todo era más “real y objetivo”.

Por mucho que no nos guste el acabado visual de la imagen ganadora de los World Press Photo, sobra decir que vivimos una tendencia, marcada por el uso de los móviles y sus aplicaciones, que están trayendo una estética que poco a poco está afectando a todo tipo de imágenes, y no resulta extraño ya encontrarte en un periódico fotografías al “estilo Instagram”. Habrá que ver con el tiempo de qué manera acaba afectando al “producto fotoperiodístico”, y al contenido, que debería ser lo verdaderamente importante en este caso.

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© Paul Hansen

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Arriba, fotografía de W. Eugene Smith. Abajo podemos ver “el antes y el después” de su tratamiento en el laboratorio.

Las mil caras de… la Condesa de Castiglione

Curiosa historia la de un personaje legendario como Virginia Oldoini (1837-1899), más conocida como la Condesa de Castiglione, cuya vida guarda también una fuerte relación con el desarrollo primigenio de la fotografía. Nacida en Florencia, hija de una familia perteneciente a la aristocracia de la Toscana, se casó a los 17 años con Francesco Veraris Asinari, Conde de Castiglione. De caracteres muy diferentes, la condesa gustaba de acudir a fiestas, y tenía una personalidad alegre y vitalista.

Convencida por su primo Cavour, primer ministro del rey Victor Manuel de Cerdeña y el Piamonte, acude a París en 1855, con el objetivo de doblegar la voluntad de Napoleón III y conseguir su apoyo para la renunificación de Italia. Allí empezó su leyenda. En París, se convierte en uno de los personajes de la época, centro de todas las fiestas y bailes, a donde acudía junto a su marido, a la que acompañaba, intentando ser siempre de los últimos en llegar. En la capital francesa permaneció ya prácticamente toda su vida, terminando sus días en un apartamento en la Place Vendome, sola, y dicen que con las paredes cubiertas de negro y los espejos tapados para no observar su envejecido rostro.

Y, una vez situados en su biografía, lo que verdaderamente nos interesa es la devoción que sintió la Condesa de Castiglione por su imagen, y el amor que tenía a la fotografía. Durante años estuvo visitando uno de los grandes estudios fotográficos de la época en París, el de Mayer y Pierson, donde Pierre-Louis Pierson la retrató en multitud de poses y escenografías distintas. Una colaboración que duró 40 años, entre 1856 y 1895, y que hubiera fructificado en una muestra en la Exposición Universal de París de 1900, de no ser por su muerte a los 62 años. Al menos, así lo había pensado la Condesa de Castiglione.

Más de 400 fotografías se conservan de ella, interpretando papeles muy distintos, que la propia condesa se encargaba de idear. Para ello, se inspiraba en la pintura, la literatura, el teatro o la ópera, y adoptaba roles que la convertían en taciturna, soñadora, enigmática, apasionada… casi como si fuera una Cindy Sherman del siglo XIX. Incluso, rompiendo las normas de la época, se dejó fotografiar sus pies y piernas desnudas. Unas fotografías donde ella dirige y selecciona, y Pierson sólo se encarga de la parte mecánica de la imagen, en una autoría que podríamos decir que pertenece más a la condesa que al fotógrafo.

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