Archivo de la categoría: Historia de la fotografía

Christer Strömholm, un sueco entre los grandes

Seguramente la historia de la fotografía del siglo XX haya estado demasiado centrada en los Estados Unidos, a la que hay que reconocer su papel en la vanguardia a todos los niveles del medio, y muy poco consciente de lo que ocurría en otros lugares del planeta, salvo casos particulares, como el francés. En este siglo XXI, con el alcance global que ha tenido Internet como plataforma de conocimiento, uno de los grandes avances en la fotografía ha sido la posibilidad de acercarse a la obra de artistas de cualquier país, una vez que los grandes cauces que antes marcaban la senda que escribían los grandes libros de historia, como el MOMA o los medios de divulgación estadounidenses, ya son unas piezas importantes, pero sólo unas más entre otras muchas.

Por ejemplo, un artista como Christer Strömholm (1918–2002) nos podía servir de ejemplo de importantes nombres de la fotografía, cuya obra no ha alcanzado la globalidad que seguramente merecía. Del fotógrafo sueco la serie más conocida tal vez sea “Les Amies de Place Blanche”, que retrató a los transexuales que ejercían la prostitución en el barrio rojo de París. Unas imágenes, tomadas en los años 50 y 60, que no se convirtieron en libro hasta el año 1983. Instantáneas donde Strömholm alcanza una gran intimidad, y que emanan un enorme respeto y admiración por algo que el fotógrafo sueco definió como “la grandeza de obtener la libertad para elegir tu propia vida”. Un trabajo pulcro y elegante en lo formal, pero provocador a la vez por el mundo que retrata, y cómo lo retrata, donde predomina la no estereotipación. Estas mujeres emergen seguras, libres y valientes, casi retratadas como si fueran estrellas de cine, pero que han forjado su carácter superando traumas en una vida dura y compleja.

En otras imágenes firmadas por el fotógrafo sueco, realizadas algunas de ellas durante la misma época de “Les Amies de Place Blanche”, podemos atisbar un lado un tanto más oscuro y macabro, donde se mezcla la abstracción y el surrealismo, con fotografías inquietantes, que tienen como protagonistas en muchos casos a niños. Aquí las fotografías sugieren preguntas, interrogantes sin respuesta, elucubraciones en relación a lo que Strömholm nos quiere comunicar, en un plano rico y complejo. Algunas de ellas formaron parte de “Poste Restante”, libro publicado por primera vez en 1967, que es un diario visual de sus viajes por el mundo, y que le empareja con artistas como Robert Frank y Ed van der Elsken. En 1997 su nombre alcanzó más notoriedad al recibir el Premio Hasselblad.

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FETICHE, Paris

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© Christer Strömholm, “Nana” (1959)

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© Christer Strömholm, “Carmen” (1960)

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© Christer Strömholm, “Jacky” (1961)

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© Christer Strömholm, “Suzannah y Sylvia” (1962)

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© Christer Strömholm, “Themis” (1963)

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© Christer Strömholm, “Tarragona” (1958)

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© Christer Strömholm, “Cuenca” (1961)

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© Christer Strömholm, “Cuenca” (1963)

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© Christer Strömholm, “Hiroshima” (1963)

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© Christer Strömholm, “Tokyo” (1963)

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© Christer Strömholm, “Tokyo” (1963)

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© Christer Strömholm, “Tokyo” (1963)

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© Christer Strömholm, “Tokyo” (1963)

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© Christer Strömholm, “Shinohara” (1963)

Saul Leiter, una herencia de color y abstracción

Hace pocos días se fue un maestro de la fotografía en color, Saul Leiter (1923-2013), y nos dejó un maravilloso legado de elegantes e inteligentes fotografías. Un fotógrafo que es conveniente estudiar, que es un ejemplo para todos esos estudiantes que están empezando a dar sus primeros pasos. En sus imágenes podemos ver lucidez, y una mirada nada pretenciosa, que es capaz de fijarse en el detalle momentáneo, en ese contraste de color que encaja y redondea una imagen, o en una rápida combinación de líneas y siluetas, que necesitan del encuadre preciso para completar la fotografía.

Disparó en color cuando pocos lo hacían de manera seria, y consiguió ganarse el respeto del mundo del arte, con su estilo sensible y exquisito, y poco dado a la transgresión de otros compañeros de generación. Sus estudios de pintura, y su atracción por el expresionismo abstracto, influyó en su obra, donde en muchas ocasiones la forma y el color predominan sobre el tema, y sólo contemplamos bocetos de figuras y objetos, que se desdibujan tras la bruma de un frío día en Nueva York, su gran escenario. Profesionalmente, se ganó la vida fotografiando moda para revistas como Vogue, Elle o Harper’s Bazaar.

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Todas las fotografías © Saul Leiter

Pequeños (o grandes) desconocidos: Bill Burke

Bill Burke (nacido en 1943, Milford, Estados Unidos) sigue la larga tradición retratista documental norteamericana, que lo podría emparejar con Diane Arbus, o el Richard Avedon de “In The American West”, e incluso con alguna de las imágenes que nos dejó Walker Evans. Su estilo es directo, franco y honesto. Como en el caso de ellos, asoman en los gestos de los retratados, cierto aire de derrota, de sueños incumplidos, de promesas que se esfumaron en el trayecto de la vida. Personas normales, de existencias cotidianas, pero donde atisbamos un gesto que podría dar pie a escribir una pequeña historia sobre su vida, siempre por supuesto tan irreal como pueda serlo una fotografía. En alguno de los fantásticos retratos de Burke, asoman almas, podemos casi empatizar con ellos, con ganas de consolar una media sonrisa amarga, o una tristeza que asoma entre la máscara imperfecta que deja desnudo el rostro. “I Want To Take Pictures”, de 1987, y “Portraits” (1987), son dos de los libros que recogen la obra de este fotógrafo norteamericano. Pero Burke no ha tenido como único objetivo ese ciudadano medio estadounidense. En Camboya realizó una sus series más impactantes, de una gran crudeza, que conformaron el libro “Mine Fields” (1995). En la actualidad, Burke es profesor de fotografía en la School of Museum of Fine Arts, en Boston, y su obra forma parte de las colecciones del Museo de Arte Moderno de Nueva York, y la George Eastman House, entre otras.

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Todas las fotografías © Bill Burke

Roy DeCarava, la otra voz negra

Roy DeCarava (1919-2009, Nueva York) forma parte de esa generación de fotógrafos norteamericanos que a mediados de los años 50 buscó nuevas vías de expresión personal, utilizando la imagen documental como vehículo donde revelar pensamientos, ideas o simples versos sueltos de una profunda hondura.  Junto al más conocido Gordon Parks, conforman la escasa presencia de la población afroamericana dentro de la fotografía de los Estados Unidos.  Su principal obra fue el libro “The Sweet Flypaper of Life” (El dulce atrapamoscas de la vida), cuyas imágenes iban acompañadas por los textos de Langston Hugues. Este trabajo, publicado en 1955, fue realizado gracias a una beca Guggenheim, primera otorgada a un fotógrafo afroamericano, y tuvo como gran escenario visual las calles de Harlem, donde DeCarava había nacido. Sus imágenes han quedado como firme testimonio de la vida de esas históricas avenidas neoyorkinas, en un momento donde el movimiento a favor de los derechos civiles de la población afroamericana tomaba un nuevo impulso. Pero DeCarava no era un fotógrafo político al uso. Traslada a la imagen la situación de esa parte marginada de la población, pero su “política” era más sutil, más poética, poniendo la realidad al servicio de su propia manera de ver la fotografía.

En “The Sound I Saw”, que no vio la luz hasta el año 2000, se recogen las instantáneas que durante los años 50 y 60 realizó en los locales de jazz de ese mismo barrio neoyorkino. Imágenes que desprenden la similar esencia lánguida, melancólica y oscura de esos ritmos tan asociados a la población negra de los Estados Unidos. Fotografías a media luz, donde apenas se ilumina un gesto, una mirada o unas manos deslizándose por un teclado. En esta serie de imágenes, DeCarava se revela como un fotógrafo de exquisita sensibilidad para transmitir una atmósfera a través de la fotografía, palpando el momento y sabiendo utilizar la cámara de la manera más adecuada. Pocos fotógrafos han hecho un uso tan extremo de las sombras en una imagen, sombras que te obligan a detenerte y a bucear entre los matices de grises que se dejan atisbar.

En 1996 el Museo de Arte Moderno de Nueva York realizó una retrospectiva de su obra, ya para siempre unida al jazz y al barrio de Harlem. En el catálogo de la exposición, Peter Galassi escribía lo siguiente: “A través de la lírica precisión de su trabajo, DeCarava se dirige al espectador con una intimidad poco frecuente. Su gracia formal es un vehículo de fuertes emociones. Nadie ha hecho fotografías más abiertamente delicadas, y tal vez esto no sea ninguna sorpresa en un artista cuyo estilo es tan sutil, pero en cuyas fotos encontramos también dolor e ira.”

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Pequeños (o grandes) desconocidos: David Heath

David Heath (nacido en Filadelfia, en 1931) pertenece a esa generación que, después de la Segunda Guerra Mundial, entendió la fotografía documental como una forma de expresión personal y subjetiva, que no necesita de grandes temas sobre los que girar, pero sí de un enfoque propio. Al igual que otros como William Klein o Robert Frank, David Heath comprendió que el libro fotográfico era el mejor medio para que esa forma de entender la fotografía tuviera peso y la narración necesaria para poner en pie un discurso que nos habla, tanto del autor como del mundo que le rodea. Así, “A Dialogue with Solitude (Un diálogo con la soledad)”, publicado en 1965, es uno de los grandes fotolibros de los años 60, y un referente por su riqueza simbólica y poética. La soledad en el mundo contemporáneo emerge como idea subyacente en este libro, con unas imágenes muy expresivas, con potentes contrastes, encuadres cerrados y opresivos, y lecturas abiertas. Después de este trabajo, Heath buscó expandir su obra, trabajando con sonidos, pases de diapositivas y polaroids. Algunas de sus imágenes forman parte de colecciones de instituciones como el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

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Todas las fotografías © David Heath

Fotografía y control: Carl Durheim

El fotógrafo suizo Carl Durheim (1810-1890) recibió en 1852 un delicado encargo por parte del fiscal general de Suiza, Jacob Amiet. Fotografiar a las personas de Berna que no pudieran demostrar un domicilio fijo, para crear un registro de personas sin hogar que sería entregado a la policía. Durante más de un año, hasta finales de 1853, estuvo realizando esta labor, que se trata, seguramente, del primer archivo policial de fotografías. Hay que darse cuenta que  sólo habían pasado trece años desde que se dieran a conocer los primeros procesos fotográficos, y en tan breve espacio de tiempo, la fotografía había encontrado múltiples aplicaciones, hasta llegar también a una muy extendida a lo largo de la historia: el control y la vigilancia a través de la imagen.

Durheim fotografió a las personas que eran detenidas por ser “sin hogar”, algo que englobaba desde gitanos a artistas de circo, y esas imágenes eran convertidas en litografías y distribuidas por toda Suiza. A pesar de la naturaleza registral del encargo, hay que decir que los retratos de Durheim no parecen haber sido realizados con tal fin, ya que los protagonistas de sus instantáneas posan en su mayoría con dignidad, casi como si se tratara de una fotografía hecha a petición propia, salvo el temor que se atisba en algún rostro. En esa temprana época de la historia de la fotografía, seguro que la mayoría, por no decir todos, era la primera vez que se colocaban delante de una cámara, y tal vez sin conocer completamente la misión de tal experimento. Algo que supuso la primera piedra en uno de los usos sin duda más polémicos de la fotografía.

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Todas las fotografías © Carl Durheim

Toni Catany: un nuevo adiós a la mejor fotografía española

Esta semana murió Toni Catany, un fotógrafo mallorquín, nacido en 1942, que aportó a la fotografía española una nueva forma de interpretar la realidad, más personal e íntima, alejada de la corriente documental que dominó el panorama nacional de la mano de Ramón Masats, Xavier Miserachs o Ricard Terré, entre otros. Sin Catany, reconocido con el Premio Nacional de Fotografía en 2001, la fotografía española estaría coja. O al menos vacía de esos autores que arriesgan, que experimentan, con resultados diversos, pero con la necesidad de expandirse como creadores, y ampliar territorios con la misma sensibilidad. Recordemos a Catany con alguna de sus imágenes y con varias frases suyas que nos pueden también ayudar a conocer mejor su obra.

“A mí me atrae sobre todo la parte que tiene la imagen de misterio, de sugerencia, para que todo el mundo sea libre de interpretarlo a su manera”.

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“No hago fotografía para los demás, sino para mí, por el puro placer de fotografiar. Si además gusta…”

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“La fotografía para mi es muchas cosas. Es un modo de expresarme que tomé desde pequeño, de una forma inconsciente. Con la fotografía me resulta fácil expresar mis sentimientos. La obra fotográfica que hago es un poco autobiográfica. Me dejo llevar por el azar, los viajes, los acontecimientos para hacer mi obra”.

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“Hay épocas en que no tengo nada que decir y no hago fotos, no pasa nada, y cuando tengo un tema desarrollado, una necesidad de crear imágenes, entonces lo hago”.

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“¡No!, no creo en la obra maestra, creo en la obra de toda una vida, es decir en el conjunto de la obra y en ese conjunto puede haber cosas mejores y peores. Es en definitiva en ese conjunto en el que creo, ya que si la obra maestra no ha surgido en cuarenta años, no va a surgir ahora tampoco y ni me interesa”.

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Pequeños (o grandes) desconocidos: William Van der Weyden

En esta sección de pequeños o grandes desconocidos (u olvidados), vamos a detenernos hoy en el trabajo de un fotoperiodista, William Van der Weyden (1879-1921, Estados Unidos). Uno de esos fotógrafos cuyo trabajo hoy en día nos resulta más interesante que el de muchos de los que en aquella época se reclamaban como artistas, y que hoy se nos presentan pomposos y artificiales. Formó parte de una generación que experimentó con las nuevas posibilidades que ofrecían las cámaras modernas, más ligeras, y las películas de mayor sensibilidad, con un ansia tremenda de plasmarlo todo y probar esos avances ante un mundo lleno de opciones. Van der Weyden trabajó como fotoperiodista en Nueva York, un terreno propicio para un fotógrafo atrevido, cuyas imágenes hoy observamos con el encanto mágico del pasado, pero con la sorprendente plasticidad de su modernidad. La mayoría de las fotografías seleccionadas, extraídas de la colección formada por 1400 instantáneas de Van der Weyden depositadas en la George Eastman House, están fechadas en torno al año 1900.

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Todas las fotografías © William Van der Weyden

Pequeños (o grandes) desconocidos: Los autocromos de Charles Zoller

Todos conocemos los nombres de Stephen Shore, William Eggleston, Joel Meyerowitz… conocidos por ser pioneros en el uso del color dentro de lo que se podría denominar fotografía de autor o artística. Pero la película en color nació mucho antes de que todos estos grandes nombres la utilizaran. Allá por 1907 los hermanos Lumiere empezaron a producir la primera película de distribución comercial de este tipo, el autocromo. A pesar de un uso poco fácil para conseguir buenos resultados, rápidamente numerosos fotógrafos se lanzaron a plasmar el mundo de la manera más fiel posible, en color. O al menos, con los colores que era capaz de recoger esta película, apagados y tenues, poco parecidos a los de las películas vivas que más tarde llegarían de la mano de Kodak.  Charles Zoller (1854-1934, nacido en Rochester, Estados Unidos) fue uno de los primeros norteamericanos que hizo uso de la invención francesa. Entre 1907 y 1932, este antiguo comerciante de muebles de decoración, produjo miles de autocromos, con los más variados temas. Arquitectura, paisaje, retrato, o reproducciones de arte, los motivos cabalgan entre diferentes géneros, siempre con ese aspecto evocador y pictórico propio del autocromo.

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El “metro” de Helen Levitt

Todos hemos visto el trabajo que realizó Walker Evans en el metro de Nueva York, con una cámara oculta. Pero menos conocidas son las imágenes que muchos años después realizó Helen Levitt (1913-2009) en el mismo escenario, sin duda influida por quien fue su maestro y amigo. La fotógrafa norteamericana, conocida por sus instantáneas de la vida callejera de “la gran manzana”, también se vio seducida por jugar con “el robado” en este propicio lugar para el abandono, la meditación o la intimidad vigilada. Tal vez no sean las fotografías más brillantes de su larga carrera, pero demuestra una vez más esos lugares comunes a los que los fotógrafos recurren en algún momento, sin duda motivados por los trabajos previos que otros hicieron anteriormente, sea como experimento, como prueba o como tentación en la que caen esos fotógrafos, que como Helen Levitt en este caso, tanto buscaban esa imagen sincera y real de nuestros congéneres.

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Todas las fotografías © Helen Levitt