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Pioneros del color: Fred Herzog

Dentro de ese grupo de fotógrafos que en las décadas de los 60 y 70 comenzaron a utilizar el color como medio “serio” de abordar un proyecto personal, tal vez Fred Herzog sea uno de los más desconocidos. Y eso que este fotógrafo, nacido en Alemania en 1930, pero que ha vivido desde 1952 en Canadá, incluso se adelantó a otros artistas contemporáneos, ya que comenzó a utilizar la película en color en 1953, mucho antes de que se produjera la eclosión del “new color”, con William Eggleston, Joel Sternfeld o Stephen Shore, entre otros.

Las calles de Vancouver fueron el principal escenario de sus imágenes, para las que utilizó en muchas ocasiones una película Kodachrome ISO 10, cuya poca sensibilidad era un reto técnico que tenía que superar, y que en gran parte limitaba el alcance de su trabajo. Y ese escenario, que él recorría cuando su labor diaria como fotógrafo médico en la University of British Columbia (UBC) y su familia se lo permitían, le convirtió en uno de los primeros en crear un cuerpo sólido de imágenes en color dentro de la llamada “fotografía callejera” o “street photography”.

Escaparates, letreros, construcciones, y la presencia anónima de esos protagonistas que aparecen involuntariamente dentro de sus encuadres, y que se convierten en actores de una historia en la que el fotógrafo callejero es el director, con un guión siempre abierto a la improvisación y el interrogante. El trabajo de Fred Herzog contiene todos los ingredientes para convertirlo en un notable fotógrafo de este género tan inmutable. Aunque en este caso, el reconocimiento no le llegó hasta hace pocos años, cuando su trabajo fue reunido para una muestra de artistas locales, y luego posteriormente, en 2007, con una exposición individual en la Vancouver Art Gallery.

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fred-herzog-fotografia-07Todas las fotografías © Fred Herzog

Pioneros del color: Joel Sternfeld

Entre aquellos pioneros del color en el mundo del arte, otro genial ejemplo es el de Joel Sternfeld. Como bien describe en una entrevista, esos artistas que allá por comienzos de los setenta estaban realizando su trabajo fuera del blanco y negro, se sentían como los primeros cristianos que se reunían en las catacumbas huyendo del yugo romano. Todos se conocían, y todos inmediatamente establecían una conexión que iba más allá de la temática e inspiración de sus fotografías, muy diferente en algunos casos. Uno de aquellos profetas de la “nueva religión” era Sternfeld.

Con su cámara de 8×10 pulgadas y su estilo distante e irónico, donde mezcla la fotografía de calle con el paisaje, Sternfeld ha protagonizado una de la carreras más exitosas e influyentes de los últimos 30 años. Las obras del fotógrafo norteamericano son un compendio de pequeños rompecabezas, donde el tiempo se ha detenido en un instante donde el contexto y lo que sucede dentro de él conectan en extrañas yuxtaposiciones. Ese es el espíritu que impregna “American Prospects” (1987), su libro más conocido, que recoge imágenes realizadas durante nueve años, en el que nos muestra unos Estados Unidos en decadencia, reflejándolo en situaciones incongruentes e inverosímiles. Un país en desequilibrio espiritual, que tal y como ha señalado Sternfeld, era la antítesis de la América representada por Walker Evans, que “se derrumbaba físicamente pero en la que el espíritu humano se mantenía indemne”.

Ejemplos clásicos de este estilo personal los podemos encontrar en esas fotografías que forman parte ya de la imaginería clásica del autor norteamericano. La fotografía en la cuál se ve a un bombero mirando tranquilamente unas calabazas, mientras al fondo se ven las llamas y el humo procedente del incendio de una casa. O la imagen en la que aparece un elefante tumbado en una carretera, mientras unos curiosos lo observan y un coche de policía aparece en primer plano con la puerta del piloto abierta. Sucesos no manipulados en los que Sternfeld intenta que interactuemos con la fotografía, que nos fijemos en los detalles, que establezcamos conexiones y que busquemos sentido a esa escena detenida.

También el uso del color y de la luz es muy identificativo en su trabajo. Gusta de fotografiar a última hora de la tarde y de la mañana, dando un resultado visual de unos colores poco saturados, pasteles y no contrastados. Produce unas imágenes con un color armónico y elegante, que en ocasiones choca con las situaciones complejas e inestables que visualizamos en sus obras.

Sternfeld ha publicado 10 libros y su obra forma parte de la colección permanente del MOMA de Nueva York, y de otras grandes instituciones de arte contemporáneo de San Francisco o Los Ángeles.

Pioneros del color: Joel Meyerowitz

Hasta los años 60 la fotografía artística estaba dominada por el uso del blanco y negro, dejando el color al ámbito amateur y comercial. Toda una serie de grandes fotógrafos había creado una tradición de la que era difícil escapar, y nombres icónicos como Cartier-Bresson manifestaban su profunda animadversión por un tipo de imágenes que rompían con una historia en grises que arrancaba desde los orígenes de la fotografía. Tampoco las galerías ni los museos habían manifestado en ningún momento su interés en romper con una frontera trazada décadas atrás, y que restringía los usos y gustos por las diferentes emulsiones fotográficas.

Pero, inevitablemente había una cultura popular que se estaba gestando lejos de las grandes instituciones y templos artísticos. Una cultura que surgió primigeniamente en Estados Unidos, protagonizada por una generación que había crecido con el color, y que veía la vida en tonos distintos a los que van del negro al blanco. Conocían también la historia de la fotografía y sus clásicos, pero tenían una visión que había bebido de la publicidad, el cine o el cómic. Así, esa generación inevitablemente saltó también a la fotografía, y una serie de autores comenzaron a ser reconocidos a mediados de los 60. Uno de ellos fue el norteamericano Joel Meyerowitz, al que dedicaré las siguientes líneas.

Como muchos fotógrafos de la época, allá por los comienzos de los años 60, e inspirado por el trabajo de Robert Frank y Garry Winogrand, salió a las calles con el afán de imitar esa fotografía de calle tan dinámica, creativa y personal, utilizando una cámara de 35 mm y película en blanco y negro. De hecho, como muestra de esa influencia, hay que recordar la anécdota de que Meyerowitz era director de arte en una agencia de publicidad, cuando, al ver como trabajaba para un encargo Robert Frank, quedó auténticamente impactado, y decidió que su vida tenía que estar unida a algo tan mágico y especial como la fotografía.

A mediados de década Meyerowitz decidió probar también el color, y se dio cuenta que las diferentes tonalidades proporcionaban a las imágenes unas cualidades descriptivas que no tenía el blanco y negro. Las fotografías alcanzaban una dimensión diferente, y unos matices que según él no podían ofrecer los diferentes abanicos de grises. El color formaba parte de nuestra experiencia, de nuestra vida, ya que nuestra memoria y nuestros sentimientos ante las cosas van unidos al color y a su color, algo que para Joel, aumentaba las posibilidades de respuesta ante una fotografía. A comienzos de los 70, ya sólo utilizaba color.

Este paso al color fue acompañado también de un cambio de las cámaras de 35 mm a las cámaras de gran formato (una Deardoff de 8×10 que todavía sigue utilizando), donde encontró un detalle y unas posibilidades visuales que no tenían las máquinas más pequeñas, defraudado por la falta de nitidez y grano que generaban esas películas. Perdió en movilidad y rapidez con este paso, especialmente para realizar esa fotografía de calle en la que se inició su carrera, pero aprovechó otras posibilidades que te otorgan las cámaras técnicas, como es el trabajar de una forma más meditada y pausada.

Aunque la fotografía de calle ha sido uno de los grandes temas a lo largo de su carrera, su primer y, en mi opinión, mejor libro, fue “Cape light”, un fascinante conjunto de imágenes de Cape Cod, un lugar de veraneo de los Estados Unidos. Meyerowitz consigue unas fotografías cargadas de belleza exterior, pero repletas de fuerza interior, transmitiendo unas sensaciones que conectan directamente con los sentidos más profundos. Belleza, simplicidad, luz, un juego que en manos de algunos fotógrafos son herramientas capaces de trascender más allá de la cerrada visión de una imagen.

Otro hito importante en su carrera fueron las fotografías realizadas en la zona cero de Nueva York después del 11-S. Fue difícil acceder a un sitio tan protegido y reservado, pero con la ayuda del Museo de la Ciudad de Nueva York consiguió el permiso necesario, y fue retratando los increíbles esfuerzos que estaban realizando para demoler y reconstruir la zona. Unas imágenes impactantes, con una realidad que parece sacada de otro mundo, donde podemos ver los interiores de ese devastado espacio de la gran manzana.

En los últimos años ha estado trabajando en un proyecto municipal de Nueva York, realizando un ingente trabajo documental de la zonas naturales de la ciudad norteamericana.